En la pintura de José Castillo, hay una comunión constante con los silencios, pero no los absolutos, sino aquellos que permiten escuchar lo que susurra el árbol o la roca sembrada. Así parece. Los paisajes son libres de vida animal. Nadie es perturbado. El cielo se deja caer y la luz se filtra de entre las nubes para dotar de colores -apenas cálidos- a los objetos.